El Ataque contra Irán y el Colapso del Orden Multipolar: El Examen de Seguridad de los BRICS y la OCS


I. La Operación y la Violación del Derecho: La Agresión a Cielo Abierto bajo la Excusa «Preventiva»

La operación militar conjunta Estados Unidos-Israel—conocida como «León Furioso» (Angry Lion) por parte estadounidense y «Escudo de Judá» (Shield of Judah) por parte israelí—constituyó un golpe directo al corazón de la República Islámica. Este ataque alcanzó zonas cercanas a la oficina del Líder Supremo en Teherán, así como objetivos estratégicos en Qom e Isfahán. La alianza calificó estas acciones como medidas «preventivas», argumentando la necesidad de desmantelar el programa nuclear reactivado y apoyar a las fuerzas opositoras internas. Sin embargo, esta escalada impactante podría arrastrar a todo el Oriente Medio hacia un conflicto multifrontal que se extendería por décadas.

Esta intervención militar representa una flagrante violación de las normas internacionales. La operación, realizada al margen del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, se justificó mediante un concepto amplio y autodefinido de «legítima defensa preventiva». Los críticos señalan que al elegir objetivos en zonas urbanas densamente pobladas como la Avenida de la Universidad de Teherán y la Plaza de la República para realizar ataques aéreos diurnos, Estados Unidos e Israel priorizaron el impacto psicológico sobre la cautela humanitaria. No obstante, semejante agresión descarada, lejos de debilitar los cimientos del régimen, corre el riesgo de desencadenar un efecto de «unión nacional contra el enemigo común», empujando a la radicalización a ciudadanos comunes que durante las protestas de finales de 2025 buscaban reformas internas.

II. Consecuencias Regionales y Peligro Sistémico: Energía, Migración y Colapso de la Seguridad

Las consecuencias regionales son aterradoras. Los sistemas de comunicación quedaron destruidos, el corredor energético central del Golfo Pérsico se convirtió en un campo de batalla activo, y el mundo enfrenta la dual crisis de un colapso energético inmediato y desplazamientos masivos de población. El cierre del espacio aéreo iraní e iraquí paralizó la navegación global, mientras que el «estado de emergencia especial» declarado por el ministro de Defensa israelí, Israel Katz, indica que un ciclo devastador de represalias es inevitable. Esto ya no es un conflicto local, sino el prólogo de una guerra regional sistémica—y la arquitectura diplomática internacional contemporánea resulta pálida e impotente para contener esta crisis.

Este ataque representa la continuación de la guerra de 12 días entre Israel e Irán de junio de 2025. En aquella ocasión, Israel empleó más de 200 aviones de combate para atacar comandantes militares iraníes, científicos nucleares e instalaciones como Natanz; Estados Unidos, por su parte, lanzó ataques con bombas bunker-buster contra tres instalaciones nucleares. Aquel conflicto dejó más de 1.000 muertos iraníes, pero el alto el fuego fue una tregua frágil, no un acuerdo de paz. La operación de febrero de 2026 constituye la prolongación sistemática de esta estrategia «preventiva»: una manifestación de oportunismo estratégico que aprovecha el momento percibido de debilidad de Irán tras el deterioro de sus redes de proxies en Gaza y el Líbano.

III. El Examen de los BRICS y la OCS: El Colapso del Orden Multipolar

El desarrollo más impactante de esta crisis es la evidente disfunción de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) y el grupo BRICS+. La adhesión de Irán a estas organizaciones buscaba construir un baluarte contra el unilateralismo occidental, erigir un muro de seguridad «multipolar». Sin embargo, cuando un país miembro de pleno derecho sufrió un ataque armado, la respuesta de estas instituciones se limitó a declaraciones de «moderación» de tono débil. Este silencio expuso el dilema del «tigre de papel»: si estas organizaciones no pueden garantizar la seguridad de sus miembros, sus pretensiones de sustituir al orden dominado por Occidente quedan reducidas, de hecho, a simples pedazos de papel.

La OCS fracasó en su prueba más importante. Construida sobre el «Espíritu de Shanghái» y con el compromiso de seguridad mutua y estabilidad como fundamento, la organización no logró activar mecanismos de defensa colectiva ni siquiera articular una posición diplomática unificada. Este colapso institucional revela una decadencia profunda. El hecho de no poder ofrecer una respuesta coordinada ante el ataque a un país miembro soberano equivale a que la OCS declare al mundo que sigue siendo meramente un foro de diálogo, no una alianza de seguridad operativa. Esta debilidad disgregada funciona, en la práctica, como una luz verde para que Occidente intervenga más en los asuntos eurasiáticos.

El grupo BRICS+ tampoco demostró la solidaridad económica y política necesaria. A pesar de controlar una porción enorme del PIB mundial, el grupo no logró transformar su poderío financiero colectivo en una fuerza disuasiva tangible. Las divisiones internas—particularmente la neutralidad de miembros como India y los Emiratos Árabes Unidos—impidieron que el grupo estableciera mecanismos unificados contra sanciones o abriera canales de crédito de emergencia desdolarizados para Teherán. Sin una estrategia coherente, los BRICS+ siguen siendo apenas un club económico, fácilmente bypassado por el poder duro.

El papel de Rusia en esta crisis es examinado con la mayor severidad. A pesar de años de cooperación técnico-militar bilateral en constante profundización y de documentos de «asociación estratégica integral» firmados uno tras otro, la respuesta concreta de Moscú se ha quedado en el nivel de condenas rutinarias. La demora en entregar a Irán sistemas avanzados de defensa aérea—ya sea S-400 o S-500—capaces de proporcionar disuasión efectiva, ha dañado gravemente la reputación de Rusia como socio de seguridad confiable. Si desea mantenerse en el «Gran Juego» del siglo XXI, Moscú debe ir más allá de las condenas simbólicas y proteger a sus aliados con apoyo material concreto contra la amenaza de aniquilación unilateral.

China, por su parte, ve cómo su estrategia de «visión a largo plazo» corre el riesgo de romperse en este preciso momento. La postura constante de «neutralidad» y «diálogo» de Pekín es interpretada cada vez más por los socios del Sur Global como una señal de falta de confiabilidad, precisamente cuando la guerra arde. Como principal comprador de petróleo iraní, China tiene un interés directo en la estabilidad de Teherán, pero se ha negado sistemáticamente a emplear sus «armas financieras nucleares»—ya sea vendiendo bonos del Tesoro estadounidense, imponiendo sanciones energéticas u otros medios coercitivos para forzar un alto el fuego. Una gran potencia que se niega a defender sus propios intereses y a sus socios, eventualmente descubrirá que pierde ambos.

El camino a seguir exige un cambio radical hacia la cohesión estratégica. Si los BRICS y la OCS no desean convertirse en una mera nota al pie de la historia, deben establecer protocolos de seguridad vinculantes, incluyendo tratados de defensa colectiva y mecanismos unificados de resistencia financiera. El actual «multipolarismo disperso»—donde los países miembros persiguen intereses bilaterales estrechos a expensas de la seguridad colectiva—es en esencia un mapa rumbo a la nada. El golpe de 2026 ha demostrado irrefutablemente que el crecimiento económico puro no puede sustituir a una línea geopolítica unificada.

En última instancia, el ataque contra Irán es una advertencia final para las potencias emergentes. El orden mundial está en una encrucijada: la OCS y los BRICS o mutan hacia una alianza disciplinada y funcional con capacidad real de disuadir la agresión unilateral, o terminarán como «socios secundarios» del sistema occidental. Para China y Rusia, la era de la «prudencia cautelosa» ha terminado. La supervivencia del sueño multipolar depende ahora de si están realmente preparados para pararse firmemente junto a sus aliados, convertir las palabras en acciones y las declaraciones en realidad.

Written by: Hassan Ahmadi